Algunas reflexiones para desmantelar el problema de la vida y de la muerte
Fragmentos seleccionados del artículo “Shobogenzo: Shoji. Vida y muerte”. Eihei Dogen. Traducción y comentarios: Jiso Giuseppe Forzani.
Fragmentos seleccionados del artículo “Shobogenzo: Shoji. Vida y muerte”. Eihei Dogen. Traducción y comentarios: Jiso Giuseppe Forzani.
El problema de la vida y de la muerte es el problema central, ineludible, del cual depende todo el resto. Mientras el asunto de la muerte permanezca sin esclarecer el sufrimiento es ineludible. La cognición de la universalidad de la vida y de la muerte hace que éste sea el punto de partida, el gran problema a aclarar. Escabullirse frente a este punto medular para todos, significa hacer trampas y devalúa cada conclusión a la que se pueda llegar sobre la cual basar la propia fe y la propia orientación de la existencia.
Vida y muerte no vienen nunca juntas en la experiencia directa y personal de cada uno de nosotros; si hay vida (mi vida) no hay muerte (mi muerte), si hay muerte no hay vida. Sin embargo, precisamente porque sabemos que hay vida hay muerte, porque sabemos que hay muerte sabemos que hay vida. Vida y muerte. La conjunción sirve para ver juntas cosas que también están totalmente disjuntas por lo cual, se entiende, une manteniendo la distinción.
La posibilidad de mirar de cara a la vida y la muerte, la predisposición a saber que mientras estamos vivos necesariamente moriremos, es una característica distintiva del ser humano respecto a las otras formas de vida. Sólo el ser humano es capaz de pensar en la muerte, de darse cuenta que aunque esté lleno de salud y en la flor de la vida, que antes o después ciertamente morirá. Es más bien una de las pocas cosas ciertas de la vida, por lo que parece, precisamente ésta de morir. Este hecho puede ser el resorte de todo el desarrollo del pensamiento, de todo el actuar y el progresar del género humano, la conciencia del destino de no ser y el impulso que deriva de ello de dejar una huella en este ineluctable vacío.
Cada uno en la profunidad de su ser encontrará las respuestas adecuadas frente al misterio de la vida y de la muerte. Al partir del conocimiento límite en que estamos encerrados y de la consiguiente pregunta: ¿por qué?; ¿por qué he nacido, si nacer significa morir?, debemos aceptar que estamos dentro de esa contradicción. La única forma que tenemos para salir de la contradicción es aceptar el hecho de estar ahí dentro, una vez perdida la inocencia que nos permitió no percibirla como una contradicción.
El ánimo básico del ser humano es el de religar todo con todo. Desde esta virtud se puede generar la humildad de reconocer que no sirve para nada el plano de las respuestas exhaustivas quedando así estas preguntas desnudas de la angustia y hacer de ellas el motor claro que hace girar la rueda de cada existencia. El verdadero sentido de la vida y muerte no está fuera de vida y muerte. Está dentro de vida y muerte, en ese no sentido que es nacer para morir, morir por haber nacido. Entender que ese no sentido, tan evidente e innegable, es todo lo que hay y que precisamente por eso el sentido se puede encontrar ahí. Todo lo que nos imaginamos como sentido para equilibrar y consolar la falta de sentido que la realidad dice es solo el producto de nuestra imaginación.
Solo cuando nos rendimos al hecho de que no hay realidad que nos exima de vivir la vida y de morir la muerte, entonces vida y muerte se muestran en su verdadera luz. Si no aceptamos el no sentido de nuestra vida y muerte, si no paramos de construir altenativas y vías de fuga, entonces, de verdad vida y muerte no tienen sentido. Si no paramos de buscar respuestas, no haremos las paces nunca con la pregunta. La presencia religativa del ser es quizá solo ésto, no una respuesta sin la paz encontrada dentro de la pregunta.
Quizá no se puede aprender a morir, tal como no se aprende nunca vivir. El hecho de que suceda lo que ya se sabe ya no vuelve la sorpresa menos sorprendente. El deseo de olvidar la muerte, en tanto que comprensible, no debe ser tratado con excesiva indulgencia. Sería oportuno y saludable si la muerte fuese solo el fin de la vida, el fin de todo, el fin y basta ya. Ella es en cambio, al mismo tiempo, inconfundible con la vida e inseparable de ella, porque olvidando la muerte se olvida la vida. No olvidar la muerte no quiere decir estar pensando en la muerte, quier decir estar en concordia, morir con la muerte, vivir con la vida, ir más allá de la contradicción, atravesando la herida, porque esta es la única vía de paso.
Si no se introduce la distinción (arbitraria) vida-muerte, si no se da lugar a esa fractura que se origina inevitablemente en el momento en que se menciona esta dicotomía, con lo que se sigue de ello (dar realidad a “algo llamado vida significa implícitamente reconocer realidad a “otra cosa” que es no vida) entonces las cosas quedan en realidad como son. No hay vida ni muerte, porque el nuestro llamar vida a la vida y muerte a la muerte solo depende del hecho que valoramos la vida sobre la base de la muerte y viceversa. Pero la vida no es el segundo término de comparación de la muerte, ni la muerte es el fin de la vida. El valor y el sentido de la vida está en la vida, el valor y el sentido de la muerte está en la muerte. Si por tanto no se da origen a aquella ambivalencia que se origina diciendo vida/muerte, no hay ni vida ni muerte.
Nosotros en un cierto punto de nuestra existencia nos damos cuenta que antes o después moriremos. Empezamos a distinguir vida y muerte, aunque lo que llamemos muerte no es la muerte sino la experiencia de la muerte ajena en nuestra vida o la idea de la muerte que nosotros tenemos de la vida. Esta distinción engendra la búsqueda de solucionar la contradicción inherente en el hecho de que se muere porque se nace o bien de que se nace para morir. Descubrir que dentro de esta contradicción, y no en otro lugar, hay una auténtica naturaleza despierta que irradia el rostro originario de la realidad (no hay otro donde que éste, ni otro cuando que ahora), se obtiene la superación, la soldadura de la contradicción y de aquello que la desata, el descubrimiento de que aquella distinción tan razonable es en realidad engañosa.
La realidad tal cual es, la genuina talidad, está en la vida y la muerte y no en un mundo, en una realidad aparte. Vida y muerte son parte de la misma realidad. La muerte no es el después de la vida, la vida no se convierte en muerte. La vida es todo el tiempo de vida, su principio y su después son siempre vida. La muerte es todo el tiempo de muerte, su principio y su después son siempre muerte. Así como nuestra valoración de vida tiene lugar a partir de un concepto de muerte que está basado precisamente sobre la vida, así como nuestra evaluación de la muerte adviene a partir de una concepción limitada de la vida, limitada justamente por la idea de nacimiento y la muerte, la realidad tal cual es en que vivimos y morimos, no valora sobre la base de los conceptos, meramente vive la experiencia.
Cuando creemos atrapar la solución al tema de la vida y la muerte, esa misma idea fuerza que salva, se convierte en el obstáculo donde se tropieza si no es asimilada, disuelta y digerida de modo que se transforme en vida viviente. Quien creé en la medicina en sí y no como instrumento para sanar, demuestra creer más en la enfemedad que en la curación. La enfermedad es temporal, la sanación (salud = salus = salvación) es eterna. Quien creé en un curador o salvador como entidad lo reifica y hace de este un objeto de veneración en el tiempo. Quien en cambio comprende la verdadera naturaleza de la realidad tal cual es, que es la suya propia, despliega la realidad en la propia vida y no se engaña sobre la verdadera naturaleza de la vida y muerte. No podemos hacer otra cosa que estar donde estamos y aquí, en nuestra vida y muerte, resolver la gran cuestión de la vida y de la muerte.
Vida y muerte no vienen nunca juntas en la experiencia directa y personal de cada uno de nosotros; si hay vida (mi vida) no hay muerte (mi muerte), si hay muerte no hay vida. Sin embargo, precisamente porque sabemos que hay vida hay muerte, porque sabemos que hay muerte sabemos que hay vida. Vida y muerte. La conjunción sirve para ver juntas cosas que también están totalmente disjuntas por lo cual, se entiende, une manteniendo la distinción.
La posibilidad de mirar de cara a la vida y la muerte, la predisposición a saber que mientras estamos vivos necesariamente moriremos, es una característica distintiva del ser humano respecto a las otras formas de vida. Sólo el ser humano es capaz de pensar en la muerte, de darse cuenta que aunque esté lleno de salud y en la flor de la vida, que antes o después ciertamente morirá. Es más bien una de las pocas cosas ciertas de la vida, por lo que parece, precisamente ésta de morir. Este hecho puede ser el resorte de todo el desarrollo del pensamiento, de todo el actuar y el progresar del género humano, la conciencia del destino de no ser y el impulso que deriva de ello de dejar una huella en este ineluctable vacío.
Cada uno en la profunidad de su ser encontrará las respuestas adecuadas frente al misterio de la vida y de la muerte. Al partir del conocimiento límite en que estamos encerrados y de la consiguiente pregunta: ¿por qué?; ¿por qué he nacido, si nacer significa morir?, debemos aceptar que estamos dentro de esa contradicción. La única forma que tenemos para salir de la contradicción es aceptar el hecho de estar ahí dentro, una vez perdida la inocencia que nos permitió no percibirla como una contradicción.
El ánimo básico del ser humano es el de religar todo con todo. Desde esta virtud se puede generar la humildad de reconocer que no sirve para nada el plano de las respuestas exhaustivas quedando así estas preguntas desnudas de la angustia y hacer de ellas el motor claro que hace girar la rueda de cada existencia. El verdadero sentido de la vida y muerte no está fuera de vida y muerte. Está dentro de vida y muerte, en ese no sentido que es nacer para morir, morir por haber nacido. Entender que ese no sentido, tan evidente e innegable, es todo lo que hay y que precisamente por eso el sentido se puede encontrar ahí. Todo lo que nos imaginamos como sentido para equilibrar y consolar la falta de sentido que la realidad dice es solo el producto de nuestra imaginación.
Solo cuando nos rendimos al hecho de que no hay realidad que nos exima de vivir la vida y de morir la muerte, entonces vida y muerte se muestran en su verdadera luz. Si no aceptamos el no sentido de nuestra vida y muerte, si no paramos de construir altenativas y vías de fuga, entonces, de verdad vida y muerte no tienen sentido. Si no paramos de buscar respuestas, no haremos las paces nunca con la pregunta. La presencia religativa del ser es quizá solo ésto, no una respuesta sin la paz encontrada dentro de la pregunta.
Quizá no se puede aprender a morir, tal como no se aprende nunca vivir. El hecho de que suceda lo que ya se sabe ya no vuelve la sorpresa menos sorprendente. El deseo de olvidar la muerte, en tanto que comprensible, no debe ser tratado con excesiva indulgencia. Sería oportuno y saludable si la muerte fuese solo el fin de la vida, el fin de todo, el fin y basta ya. Ella es en cambio, al mismo tiempo, inconfundible con la vida e inseparable de ella, porque olvidando la muerte se olvida la vida. No olvidar la muerte no quiere decir estar pensando en la muerte, quier decir estar en concordia, morir con la muerte, vivir con la vida, ir más allá de la contradicción, atravesando la herida, porque esta es la única vía de paso.
Si no se introduce la distinción (arbitraria) vida-muerte, si no se da lugar a esa fractura que se origina inevitablemente en el momento en que se menciona esta dicotomía, con lo que se sigue de ello (dar realidad a “algo llamado vida significa implícitamente reconocer realidad a “otra cosa” que es no vida) entonces las cosas quedan en realidad como son. No hay vida ni muerte, porque el nuestro llamar vida a la vida y muerte a la muerte solo depende del hecho que valoramos la vida sobre la base de la muerte y viceversa. Pero la vida no es el segundo término de comparación de la muerte, ni la muerte es el fin de la vida. El valor y el sentido de la vida está en la vida, el valor y el sentido de la muerte está en la muerte. Si por tanto no se da origen a aquella ambivalencia que se origina diciendo vida/muerte, no hay ni vida ni muerte.
Nosotros en un cierto punto de nuestra existencia nos damos cuenta que antes o después moriremos. Empezamos a distinguir vida y muerte, aunque lo que llamemos muerte no es la muerte sino la experiencia de la muerte ajena en nuestra vida o la idea de la muerte que nosotros tenemos de la vida. Esta distinción engendra la búsqueda de solucionar la contradicción inherente en el hecho de que se muere porque se nace o bien de que se nace para morir. Descubrir que dentro de esta contradicción, y no en otro lugar, hay una auténtica naturaleza despierta que irradia el rostro originario de la realidad (no hay otro donde que éste, ni otro cuando que ahora), se obtiene la superación, la soldadura de la contradicción y de aquello que la desata, el descubrimiento de que aquella distinción tan razonable es en realidad engañosa.
La realidad tal cual es, la genuina talidad, está en la vida y la muerte y no en un mundo, en una realidad aparte. Vida y muerte son parte de la misma realidad. La muerte no es el después de la vida, la vida no se convierte en muerte. La vida es todo el tiempo de vida, su principio y su después son siempre vida. La muerte es todo el tiempo de muerte, su principio y su después son siempre muerte. Así como nuestra valoración de vida tiene lugar a partir de un concepto de muerte que está basado precisamente sobre la vida, así como nuestra evaluación de la muerte adviene a partir de una concepción limitada de la vida, limitada justamente por la idea de nacimiento y la muerte, la realidad tal cual es en que vivimos y morimos, no valora sobre la base de los conceptos, meramente vive la experiencia.
Cuando creemos atrapar la solución al tema de la vida y la muerte, esa misma idea fuerza que salva, se convierte en el obstáculo donde se tropieza si no es asimilada, disuelta y digerida de modo que se transforme en vida viviente. Quien creé en la medicina en sí y no como instrumento para sanar, demuestra creer más en la enfemedad que en la curación. La enfermedad es temporal, la sanación (salud = salus = salvación) es eterna. Quien creé en un curador o salvador como entidad lo reifica y hace de este un objeto de veneración en el tiempo. Quien en cambio comprende la verdadera naturaleza de la realidad tal cual es, que es la suya propia, despliega la realidad en la propia vida y no se engaña sobre la verdadera naturaleza de la vida y muerte. No podemos hacer otra cosa que estar donde estamos y aquí, en nuestra vida y muerte, resolver la gran cuestión de la vida y de la muerte.
Edgardo Werbin - Médico (MN 56128)
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