Para que tienes las manos si no las tienes para dar, no te aferres al viento déjalo susurrar. Anónimo Zen

lunes, 2 de abril de 2012

LA CONDICION HUMANA Y LA CAPACIDAD DE CUIDAR

                                                      
“Del árbol seco nace una flor”. Shoyo Roku (Libro de la Ecuanimidad-Tradición Zen)

No existe cultura en la que los períodos críticos sean ignorados. Por el contrario, se constituyen en piedras miliares de ella, erigiéndose en umbrales que exigen minuciosas técnicas facilitadoras de diversos pasajes. Momentos de transición que, dentro de su cosmogonía, implican un recorrido, un encuentro con la precariedad de la existencia y un movimiento de entrada y salida en el sucederse cualitativo del tiempo. Fases que activan vitalmente las acciones necesarias para exorcizar o reintegrar los acontecimientos a la experiencia comunitaria como aprendizajes potentes.

Son períodos marginales, intersticios en el entretejido de la historia, donde lo importante es observarlas normas que orientan los comportamientos y las estrategias que entran enfuncionamiento para resolver las situaciones. Estas fases son vitalmente potentes en las vidas de las culturas estando marcadas por una fuerte tensión emocional. Se trata ni más ni menos, que de la transición, pasaje o pascua, entre la vida y la muerte.

Observamos que los avances científicos y tecnológicos producidos por las ciencias biomédicas tendieron, en su mayoría, a aislarse de las grandes tradiciones espirituales de la humanidad, como así también de serios y responsables planteos bioéticos. Al mismo tiempo manifestaban la insuficiencia para atender las demandas afectivas, emocionales y espirituales en el campo de los procesos vitales.

¿Qué es entonces lo que se despliega y desarticula frente a un sujeto y su grupo ante la presencia de la enfermedad, el sufrimiento y la muerte? Radicalmente lo que acontece es una ruptura de la continuidad subjetiva de la propia historia en la historia colectiva.

La identidad está quebrada y nada la amenaza más en sus cimientos que la muerte o su adviento. Esa muerte siempre lejana, siempre próxima, propia de las patologías crónicas, invalidantes o que conllevan deterioros progresivos. Lo que a la identidad, como expresión de singularidad, se le torna insoportable, es quedar al margen de lo vivido y sentido como protagonismo histórico: que la historia pase implacablemente sobre uno, en lugar de pasar con ella construyéndola. De allí la intensidad de la clásica pregunta: “Por qué a mí”.

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